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“Odisea” diaria de una usuaria del transporte público en Ciudad Bolívar

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Reportaje especial
 
Foto: Noel León
 
Texto: Fedra Solano – Pasante
 
 
Desde hace algunos meses, casi a diario, hemos oídos de quejas y denuncias sobre el pésimo servicio del transporte público en Ciudad Bolívar, formuladas por los propios usuarios que se ven afectados, pese a que el gobierno regional ha puesto en marcha el sistema de los BTR, conocidos los buses como los “rojitos”, que vinieron a “aliviar” tal situación.
 
La semana pasada el equipo reporteril del portal www.rumbera943fm.com , decidió vivir de cerca esta realidad. Nos trasladamos desde el lunes hasta el viernes, a una de las paradas de la muy poblada parroquia Agua Salada, allí conocimos el día a día de decenas de usuarios del transporte público, cada uno con una historia diferente sobre el periplo que significa viajar en bus en Ciudad Bolívar, pero con una interrogante en común: ¡¿Cuándo va  a ser el día que se va a acabar este problema con el transporte?!
 
María, llega todos los días a eso de las 6:30 de la mañana a la parada más cercana a su casa en la calle principal de Los Próceres. Trabaja en el paseo Meneses. “si tuviera carro o plata para pagar un taxi todos los días llegara a mi trabajo en cinco o diez minutos, es decir, en vez de salir a las 6:30 de mi casa o quizás antes, saldría a las 7:40, pero como la realidad es otra, bueno, aquí estoy, desde las 6:20, hoy me vine más temprano. Mira el reloj, falta un cuarto para las ocho y todavía no he podido irme”, eso nos dijo el lunes.
 
“En todo este tiempo sólo han pasado tres autobuses y una perrera full. La gente guindando en esos carros, que parecieran que se van a voltear de los llenos que van”.
-¿Y el “rojito”?, le preguntamos.
 
 –Lo estoy esperando.
 
A los pocos minutos, llegó el tan anhelado “Rojito”, que ya venía casi repleto, sin embargo, en su afán por irse, todas las personas que allí se encontraban corrieron para montarse pero el chofer no se detuvo.
 
-Otra vez voy a llegar tarde al trabajo. Bueno seguiré esperando. Al poco tiempo pasó otro bus, cargado de pasajeros, no cabía un alma más en el estribo. María pagó su pasaje y de no haber sido porque tuvo, sin querer, que empujar a otras personas nuevamente se habría quedado.
 
El martes, estábamos allí, como un usuario más. A lo lejos vimos a María que venía corriendo para abordar un bus, pero el intento fue fallido, “con ese montón de estudiantes allí guindados y este gentío, cómo me monto”.
 
Tal y como el día anterior, fue muy poco el transporte público que circuló en el lapso que allí tuvimos. Esta vez pasó una Vans, -voy a pagar 30 bolívares pero aquí me voy-. Con suerte y pagando el doble de lo que vale el pasaje, esta usuaria logró irse un poco más temprano que el día anterior, pero esa no fue la realidad de la gran cantidad de personas que allí se encontraban.
 
El miércoles, decidimos abordar también un autobús. Esperamos a María, que llegó a eso de las 6:25 am y le dijimos que hoy la acompañaríamos.
-A bueno, bienvenidos entonces a la odisea.
 
Luego de varios intentos por abordar algún bus, entre empujones y gritos por parte de los usuarios, nos montamos en una unidad.
 
-Se le gradece por favor seguir avanzando. Mira tú, la de la camisa verde, mamita, avanza quieres, que los demás también se quieren ir-, decía el colector.
 
-¿Y qué quieres, que me monte el techo?
 
-Dale chofer, que es tarde, gritaban otros pasajeros.
 
-De aquí no me muevo hasta que no se acomoden, dijo el irritado chofer.
 
-Dale, abusador, tú no ves que aquí no cabe más nadie.
 
-Te vas a hacer rico en con la mie.... esta.
 
Finalmente, el chofer arrancó el vehículo y a tan sólo unos diez metros alguien dijo:
 
-Parada.
 
La reacción fue al unísono:
 
-No jo... chica.
 
Empezó la trifulca.
 
-Chofer déjala en el módulo (como unas tres cuadras más adelante).
 
-Cállate, eso no es problema tuyo.
 
-Cómo no va ser problema mío si este sr. duró como diez minutos parado y justo cuando arranca tú te vas a antojar de pedir parada.
 
En medio del escándalo, y pasando desapercibidos, vivimos en carne propia cualquier cantidad de atropellos, malos olores y el drama de un niño que le pedía a su madre bajarse porque le faltaba el aire. El chofer se detuvo y la “insultada de la mañana” se bajó, entre pitas, burlas y groserías por parte de los “ofendidos” usuarios.
 
 En ese momento, desde una de las ventanas se apreciaba cómo otras decenas de personas luchaban para abordar el autobús.
 
 
Por su parte, la cara de María cada vez que alguien bajaba y tenía que apretarla para poder salirse, era sin lugar a dudas “un poema”.
 
-Se van a reír, nos decía la mujer.
 
-No para nada.
 
En eso María se dirige a un señor:
 
-Mira viejo te voy a agradecer que te acomodes, me estas recostando todo tu “paquete”.
 
-Bueno señora y qué hago. Ud. no está viendo que aquí vamos como sardina en lata.
 
Llegamos a la ansiada parada final, frente al mercado periférico.
 
-Mira la hora 8:20 am, nos dijo María. Tú crees que esto es justo.
 
Al día siguiente, pensamos que por ser jueves la historia con el transporte sería otra, quizás porque ya finalizando la semana. Mucha gente no sale a hacer diligencias como un lunes o un martes, pero nos equivocamos.
 
-Hola María, hoy la cosa es más suave, verdad.
 
-¡Sí Luís, ponte a creer!
 
Llegamos a la acostumbrada parada a las 6:30 am y en todo ese tiempo las pocas unidades de transporte público, perreras y afines que circularon iban repletas de pasajeros.
 
-No que va, voy a llamar a un amigo mío que arregló el carrito a ver si me da la cola, dijo María a eso de las 8:20 a.m.
 
Minutos más tarde, el amigo llegó. Aprovechamos también la cola.
 
-Gracias Francisco.
 
-No María, yo estoy a la orden mientras pueda y hoy la pegaste, porque ya me iba para el taller. Hoy debe haber más gente que nunca en esas paradas porque no hay transporte por la Perimetral y toda esa gente de Las Brisas y Zanjonote, está bajando para acá y tú sabes que carro no hay.
 
Finalmente, nos llegó el viernes. Como ocurrió durante la semana, esperamos a María a las 6:30 am.
 
-María hasta hoy te acompañamos.
 
-Qué bueno por ustedes que no se tienen que seguir calando esto.
 
Ese día pudimos agarrar el “rojito”.
 
-Mira aquí son 30 bolívares, si vas ida y vuelta.
 
-¿Y cómo es eso María?
 
-Bueno pagas Bs. 15 si te montas subiendo la ruta y 15 bolívares más por bajarla. Muchos no lo ven justo, otros sí, pero yo los pago porque lo único que quiero es irme de esta parada. A veces para poder irme de aquí pago 15 bolívares hasta el terminal porque hasta allí llega el carrito y después tengo que pagar otro pasaje más hasta el trabajo, qué más da.
 
Y así señores lectores, transcurre el día a día de quienes se ven obligados a usar el servicio de transporte público en la capital histórica de Venezuela, una realidad que no solamente se ve en Los Próceres, si no que se repite en todos los sectores de esta ciudad.
 
Para concluir, María dejó este mensaje:
 
“Yo hago un llamado a los entes competentes, es hora de que solucionen este problema con el transporte público. Hasta cuándo. Esto es insoportable. Yo invito a las autoridades a que vengan también y vivan con nosotros aunque sea un día todo lo que uno pasa para llegar a los trabajos. No hay suficientes unidades. Las que están no dan para abastecer la demanda de personas. Aparte que los aprovechadores de oficio, hacen de las suyas para cobrar más caro el pasaje. Uno se lo cala porque la necesidad tiene cara de perro como dice el refrán, debe ser muy sabroso pararte a la hora que te dé la gana, prender tu carro y llegar a tu trabajo tranquilo, relajado, a buena hora, frio por el aire acondicionado y oloroso a tu perfume; el ciudadano que no tiene esa facilidad, llega tarde al trabajo, sudado y oliendo a de todo, aparte de que nos tenemos que calar el regaño por llegar tarde y escuchar a un jefe diciéndote que te pares más temprano, ¿más temprano para qué?, para que me roben en el camino o para igual llegar tarde, porque el problema es la deficiencia en el servicio de transporte público”.
 
 

 

 

 

 

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